La decisión de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) de facilitar a las jugadoras de la selección española la posibilidad de congelar sus óvulos abre una conversación que debería ir mucho más allá del fútbol. Porque si la maternidad y la planificación familiar son cuestiones que pueden condicionar la carrera de una deportista de élite, la pregunta inevitable es por qué las respuestas siguen dependiendo en buena medida del deporte, la federación o incluso el club al que pertenezca.
La noticia, adelantada este lunes por El País y confirmada posteriormente por Europa Press, es relevante. La RFEF está ultimando un acuerdo con una clínica de fertilidad para que las internacionales puedan acceder a la preservación de óvulos. Los detalles del convenio se conocerán previsiblemente en septiembre.
Alexia Putellas explicó a El País que las capitanas de la selección trasladaron esta preocupación a la Federación. La futbolista resumió el problema desde la perspectiva de una deportista de élite: los mejores años de una carrera profesional coinciden con una etapa especialmente relevante desde el punto de vista biológico para la maternidad.
Es un avance importante. Pero también debería servir para hacerse una pregunta más amplia: ¿qué ocurre con las deportistas que no juegan al fútbol?
El baloncesto femenino español no parte de cero. El convenio colectivo para las jugadoras de Liga Femenina, publicado en el BOE en 2024, establece expresamente el derecho a medidas de conciliación y obliga a los clubes a adoptar medidas de protección para las jugadoras que decidan ser madres, incluyendo situaciones de embarazo, adopción o acogimiento. El propio convenio señala que esas medidas no pueden suponer coerción al ejercicio de la maternidad.
Es decir, el baloncesto profesional femenino español ya reconoce que la maternidad no puede convertirse en una penalización laboral. Pero la cuestión que plantea ahora la RFEF es ligeramente distinta. No hablamos solamente de qué ocurre cuando una jugadora decide ser madre. Hablamos también de qué herramientas tiene una deportista para planificar su fertilidad mientras desarrolla una carrera profesional que puede alcanzar su máximo nivel precisamente durante los años en los que su reloj biológico sigue avanzando.
Y aquí el baloncesto femenino estadounidense ofrece un ejemplo que debería resultar especialmente incómodo para el deporte español. El convenio colectivo de la WNBA de 2020 incorporó beneficios de planificación familiar que incluían hasta 60.000 dólares de reembolso durante la carrera de determinadas jugadoras para gastos relacionados con adopción, gestación subrogada, congelación de óvulos o tratamientos de fertilidad. El acuerdo incluía además salario completo durante la baja por maternidad, ayudas para guardería y viviendas de dos dormitorios para las jugadoras con hijos. Es decir, el baloncesto profesional femenino estadounidense lleva años tratando la planificación familiar como una cuestión relacionada con las condiciones laborales de sus jugadoras.
En España, mientras tanto, el fútbol acaba de dar un paso que merece reconocimiento, pero que también debería abrir un debate sobre el conjunto del deporte femenino. Porque si la RFEF puede llegar a un acuerdo con una clínica para sus internacionales, ¿por qué no debería existir una política similar para las jugadoras de baloncesto de la selección? ¿Y para las deportistas de balonmano, atletismo, voleibol, hockey, waterpolo o cualquier otra disciplina en la que una carrera profesional pueda coincidir con las mismas circunstancias biológicas?
La pregunta no pretende reclamar que todas las federaciones reproduzcan exactamente el mismo modelo. Cada deporte tiene sus estructuras, calendarios, recursos y convenios. Pero sí plantea si debería existir un mínimo común de derechos y oportunidades para las deportistas profesionales españolas.
El propio Consejo Superior de Deportes (CSD) ya ha asumido que la maternidad y la conciliación forman parte de las políticas públicas deportivas. Para el ciclo olímpico 2025-2028 ha incorporado por primera vez la Beca Maternidad dentro del programa CSD Team España-ADO, destinada a deportistas que deciden ser madres y posteriormente quieren retomar su preparación olímpica.
Además, el CSD mantiene ayudas específicas para mujeres deportistas destinadas a facilitar la conciliación de la vida deportiva y familiar. Y la Ley del Deporte establece que las políticas públicas deben orientarse a eliminar las situaciones de desigualdad en el deporte y considera nulas las cláusulas contractuales que permitan rescindir unilateralmente el contrato de una deportista por razón de embarazo o maternidad. La dirección política, por tanto, existe. Lo que cabe preguntarse es si ha llegado el momento de dar un paso más. Porque la iniciativa de la RFEF tiene un elemento especialmente significativo: no nació únicamente de una decisión administrativa, sino de una preocupación expresada por las propias jugadoras. Fueron las capitanas de la selección quienes pusieron encima de la mesa el problema de la fertilidad y la carrera deportiva.
Y la reacción de Eba Ferreira, recogida este lunes por Cadena SER, apunta precisamente hacia donde debería dirigirse el debate. La exjugadora del Athletic celebró la iniciativa, pero reclamó que medidas similares lleguen también a los clubes. Ahí está probablemente la cuestión de fondo. ¿Debe la protección de la fertilidad de una deportista depender de que sea internacional? ¿Debe depender de que juegue al fútbol? ¿Debe depender de que su club tenga recursos suficientes para alcanzar un acuerdo con una clínica? ¿O debería existir un marco general que garantice que una mujer pueda desarrollar una carrera deportiva de élite sin tener que elegir entre su profesión y sus opciones de maternidad?
La comparación con la WNBA demuestra que no estamos hablando de una cuestión futurista. El baloncesto estadounidense lleva desde 2020 incorporando la planificación familiar a la negociación colectiva. Y la comparación dentro de España tampoco debería reducirse a fútbol contra baloncesto. El verdadero debate es si las políticas de igualdad y conciliación deben avanzar al ritmo del deporte que tenga más visibilidad o si deben formar parte de una estrategia transversal para todas las deportistas profesionales.
El fútbol español acaba de abrir una puerta. Ahora sería razonable preguntar quién viene detrás. Y, sobre todo, si las instituciones deportivas y políticas están dispuestas a abrir esa puerta para todas.
