WNBA Finals: Cuando el deporte deja de ser deporte

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Hay imágenes que duran apenas unos segundos y, sin embargo, dicen bastante más de lo que sus protagonistas están dispuestos a explicar. En el Chase Center de San Francisco, mientras Alanis Morissette interpretaba el himno de Estados Unidos antes del segundo partido de las Finales de la WNBA, las jugadoras de Atlanta Dream y Golden State Valkyries no estaban sobre la pista. Habían abandonado la cancha poco antes de comenzar la interpretación y regresaron cuando terminó. El episodio no era nuevo, porque ya había sucedido dos días antes, antes del primer encuentro de una final que enfrenta a dos franquicias con historias y trayectorias muy diferentes. Ninguna ha ofrecido una explicación pública que permitiera establecer con certeza el motivo de una ausencia que ha terminado desplazando parte de la atención desde el baloncesto hacia la controversia política. El asunto podría parecer menor si no fuera porque el deporte profesional estadounidense lleva años convertido en uno de los escenarios preferidos para representar las fracturas de una sociedad que encuentra cada vez más dificultades para reconocerse en aquello que comparte. El himno, la bandera, las protestas contra la violencia policial o las reivindicaciones raciales han formado parte de un debate que desbordó los estadios en 2020, después de la muerte de George Floyd, y que alcanzó de lleno a la NBA y a la WNBA. Desde entonces, las competiciones han convivido con gestos de protesta, campañas sociales y pronunciamientos públicos de deportistas que decidieron aprovechar su notoriedad para defender determinadas causas. La historia explica el contexto, pero no permite atribuir automáticamente a cada gesto una intención que sus protagonistas no han confirmado.

Conviene detenerse en esa diferencia, porque el periodismo consiste precisamente en distinguir lo que se sabe de lo que se supone. Las dos plantillas abandonaron la pista antes del himno en los dos primeros partidos de las Finales, pero no se ha acreditado públicamente que lo hicieran para protestar contra el Gobierno, contra Estados Unidos o contra cualquier otra institución. La propia normativa de la WNBA establece que jugadores, entrenadores y miembros del cuerpo técnico deben permanecer de pie y alineados, con una actitud respetuosa, durante la interpretación del himno nacional. Sin embargo, la redacción de esa disposición deja abierta la discusión sobre si obliga expresamente a estar en la cancha cuando comienza la ceremonia. La liga tampoco había aclarado públicamente si consideraba que las franquicias habían incumplido sus reglas.

La cuestión de fondo, en cualquier caso, va más allá de lo sucedido en San Francisco y de las razones que pudieran tener las jugadoras para actuar de ese modo. Tiene que ver con la naturaleza misma del deporte y con una de sus virtudes menos apreciadas en una época que parece empeñada en convertir cada diferencia en una declaración de hostilidad. Durante hora y media, dos equipos pueden enfrentarse con una intensidad extraordinaria y, al terminar, aceptar el resultado, estrecharse la mano y reconocer el mérito del adversario e inlcuso celebrar un maravilloso tercer tiempo como es el caso del rugby. En las gradas se sientan personas que no comparten religión, origen, ideas políticas ni forma de entender la vida, pero que son capaces de celebrar juntas una canasta en el último segundo sobre la bocina. No necesitan ponerse de acuerdo sobre el mundo para disfrutar de un partido.

Esa es una de las razones por las que resulta tan poco conveniente transformar el deporte en una prolongación permanente de las disputas políticas. No porque los deportistas deban vivir encerrados en un pabellón, ignorantes de lo que sucede fuera, ni porque tengan que renunciar a sus convicciones al cruzar la puerta de un vestuario. Son ciudadanos antes que jugadores y tienen el mismo derecho que cualquier otra persona a expresar sus opiniones, defender sus principios y denunciar aquello que consideran injusto, pero el reconocimiento de ese derecho no obliga a compartir cada reivindicación, a celebrar cada protesta ni a aceptar que toda competición deba servir de escaparate para una causa determinada.

La libertad de expresión incluye, también, la libertad de discrepar. Y esa evidencia, que debería resultar elemental, parece haberse vuelto incómoda en una sociedad donde demasiadas discusiones empiezan por exigir al interlocutor que demuestre de qué lado está antes siquiera de escuchar lo que tiene que decir. El deporte no debería reproducir esa lógica, sino ofrecer una alternativa a ella. Un aficionado puede admirar a una jugadora sin compartir sus opiniones, reconocer la calidad de un entrenador cuyas ideas rechaza o celebrar la victoria de un equipo sin asumir como propias todas las posiciones que defienden quienes lo integran. La grandeza de una competición consiste, entre otras cosas, en permitir esa convivencia sin exigir certificados de adhesión.

La politización tampoco es un fenómeno nuevo ni exclusivamente estadounidense. Los Juegos Olímpicos han sido utilizados por los Estados como instrumentos de propaganda, las dictaduras encontraron en las grandes competiciones una forma de exhibir sus supuestos éxitos y los deportistas han protagonizado protestas que forman parte de la historia contemporánea. Sería ingenuo sostener que el deporte ha vivido alguna vez completamente al margen del poder. Precisamente por eso importa distinguir entre reconocer su dimensión política y aceptar que la política termine ocupando todo el espacio disponible. Una cosa es que un acontecimiento deportivo refleje los conflictos de su tiempo y otra que el partido parezca convertirse en el pretexto para representar una disputa ajena al resultado que se dirime sobre la cancha.

En el baloncesto, además, la contradicción resulta especialmente visible. Se trata de un juego colectivo en el que el talento individual necesita someterse a unas reglas comunes, en el que cada jugador debe confiar en compañeros que pueden ser muy diferentes de él y en el que la victoria exige reconocer al adversario como alguien a quien hay que superar, no como alguien a quien hay que descalificar moralmente. El balón no pregunta a quién vota quien lo recibe, qué religión profesa quien defiende ni qué opinión tiene el pívot sobre la política exterior de su país. Exige precisión, inteligencia, esfuerzo y capacidad para tomar decisiones bajo presión. Todo lo demás pertenece a la vida de quienes juegan, pero no debería convertirse en una condición para participar en la experiencia compartida de quienes contemplan el partido.

Tampoco hay que confundir la defensa de ese espacio común con una exigencia de silencio. El deporte no necesita jugadores mudos ni aficionados obligados a dejar sus convicciones en la puerta. Necesita que ninguna convicción se convierta en una obligación colectiva y que el desacuerdo no sea interpretado como una ofensa. La misma libertad que permite a una deportista expresar una protesta debe permitir a un espectador considerar que ese gesto está fuera de lugar. De lo contrario, la libertad deja de ser un principio compartido y se transforma en un privilegio reservado a quienes defienden la posición dominante en cada momento.

Lo sucedido en las Finales de la WNBA no permite saber qué pretendían comunicar Atlanta Dream y Golden State Valkyries, y sería impropio presentar como un hecho probado lo que continúa siendo una incógnita. Sí permite, en cambio, plantear una pregunta que merece una discusión serena, ¿qué pierde el deporte cuando la atención abandona la competición para concentrarse en los gestos ideológicos que la rodean?. Porque el problema no reside en que los deportistas tengan ideas, sino en que el espectáculo termine subordinado a una sucesión de posicionamientos que obliguen al público a elegir entre identidades políticas antes de poder disfrutar del juego.

Al final, la razón por la que millones de personas siguen un partido de baloncesto no es que esperen encontrar en una cancha una versión reducida del Congreso, una asamblea política o una manifestación. Van a ver competir a los mejores, a comprobar quién resuelve mejor los problemas que plantea el rival, a disfrutar de una jugada extraordinaria o a sufrir con un lanzamiento que puede decidir un campeonato. En ese espacio hay lugar para muchas sensibilidades y para muchas maneras de entender la vida, siempre que ninguna pretenda apropiarse de él.

El deporte no resolverá las divisiones de una sociedad, pero todavía puede recordarnos que no es necesario compartir todas las ideas para compartir una emoción. Sería una lástima renunciar a esa posibilidad en nombre de unas diferencias que ya encuentran demasiados escenarios donde enfrentarse. Cuando el juego deja de ser el centro y se convierte en un instrumento al servicio de otra disputa, las canastas siguen entrando, pero algo esencial empieza a quedar fuera de la cancha.