Nneka Ogwumike se despide de la WNBA después de 15 años dejando una huella que va mucho más allá de la pista

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Nneka Ogwumike ha jugado su último partido en la WNBA. La alero de Los Angeles Sparks cierra a los 36 años una carrera de 15 temporadas que comenzó como número uno del draft de 2012 y que la convirtió en campeona, MVP, 11 veces All-Star y una de las figuras más influyentes de la historia de la competición. Su despedida llegó en la última jornada de la temporada regular, frente a unas Golden State Valkyries que se jugaban la segunda posición del Oeste.Ogwumike anunció el pasado mes de agosto que 2026 sería su última temporada. La decisión sorprendió porque no llegaba desde una posición secundaria. Al contrario. La jugadora continuaba siendo una de las referencias de las Sparks y cerró su última campaña con 17,3 puntos y 8,9 rebotes de media, números que explican hasta qué punto su retirada no responde a una pérdida de protagonismo deportivo.

Su historia comenzó en Los Ángeles. Las Sparks la seleccionaron con el número uno en 2012 y aquella misma temporada fue elegida Rookie del Año. Cuatro años después llegó el momento culminante de su carrera: ganó el MVP de la temporada y llevó a las Sparks al campeonato de la WNBA.

Ogwumike pasó 13 de sus 15 temporadas en Los Ángeles. Entre medias jugó dos años en Seattle antes de regresar a la ciudad en la que había construido prácticamente toda su carrera profesional. En 2026 volvió a establecer un récord de la franquicia al convertirse en la máxima anotadora histórica de las Sparks.

Pero su importancia en la WNBA no se explica únicamente con los puntos, los rebotes o los premios. Desde 2016 fue presidenta de la WNBPA, la asociación de jugadoras, y participó directamente en las negociaciones que fueron transformando las condiciones profesionales de la competición. Su papel se volvió especialmente relevante durante la negociación del nuevo convenio colectivo, alcanzado en 2026, que introdujo mejoras sustanciales en salarios, prestaciones y protección para las jugadoras. Fue, de alguna manera, una de las personas que ayudaron a construir la WNBA que recibirán las siguientes generaciones.

Su palmarés refleja una carrera extraordinaria: Rookie del Año en 2012, MVP y campeona en 2016, ocho elecciones en los mejores quintetos de la liga, siete presencias en los equipos defensivos y 11 participaciones en el All-Star Game. También forma parte de The W25, la selección de las 25 mejores jugadoras de la historia de la competición. Y todavía quedaba baloncesto en sus manos cuando decidió parar. Ogwumike regresó esta temporada a Los Ángeles y mantuvo una producción que la situó entre las jugadoras más consistentes de la liga. Fue elegida para su undécimo All-Star, igualando a Diana Taurasi, y llegó a las últimas semanas de competición como una de las principales referencias de unas Sparks que no consiguieron entrar en los playoffs.

Su despedida también cerró una etapa para una generación. Cuando Ogwumike llegó a la WNBA, la competición tenía otra dimensión, otra estructura y otro peso dentro del deporte estadounidense. Quince años después deja una liga mucho más grande y profesionalizada, y lo hace habiendo intervenido no solamente en los partidos, sino también en buena parte de las conversaciones que han definido su evolución.

Nneka Ogwumike se va de la pista todavía siendo importante. Se va con los récords de las Sparks, con un MVP, un campeonato y once All-Star. Pero probablemente su legado termine siendo algo más difícil de medir: haber jugado para ganar y, al mismo tiempo, haber trabajado para que las que llegaran después encontraran una liga mejor. La WNBA pierde a una de sus grandes jugadoras. También pierde a una de sus grandes voces.