La guerra por la elegibilidad en el baloncesto universitario estadounidense ha abierto un frente inesperado para el talento europeo. La Southeastern Conference (SEC) ha aprobado una norma que impide a sus universidades utilizar a jugadores que hayan declarado su entrada en el Draft NBA y no se hayan retirado correctamente, que hayan firmado un contrato con un equipo NBA o de la G League o que hayan formado parte de una de sus plantillas.La medida llega en plena batalla legal por la posibilidad de que jugadores con experiencia profesional regresen al baloncesto universitario. La SEC, junto a otras grandes conferencias, pretende cerrar esa puerta argumentando que los jugadores que ya han pasado por el profesionalismo obtendrían una ventaja sobre quienes permanecieron en el sistema universitario.
Pero la aplicación de la norma plantea un problema específico para los jugadores internacionales. El caso más llamativo es el de Saliou Niang, elegido por Cleveland Cavaliers con el número 58 del Draft de 2025 y que posteriormente decidió continuar su carrera en Europa antes de comprometerse con LSU para la temporada 2026-27. Niang no llegó a firmar un contrato NBA, pero su elección en el Draft puede situarlo dentro del nuevo marco de la SEC.
El jugador senegalés no es el único caso que genera dudas en LSU. Brice Dessert, Marcio Santos y Michael Ruzic también están pendientes de la resolución sobre su elegibilidad. La universidad de Will Wade ha llegado a tener solamente cuatro jugadores registrados mientras espera que se aclare la situación de varios de sus fichajes internacionales.
El problema tiene además una particularidad que afecta especialmente a los europeos. Los jugadores internacionales pueden ser automáticamente elegibles para el Draft NBA al alcanzar los 22 años, mientras que los jugadores universitarios estadounidenses que se presentan voluntariamente al proceso disponen de mecanismos y plazos específicos para retirar su candidatura y conservar su elegibilidad.
La diferencia puede resultar determinante. Un jugador europeo puede acabar apareciendo en el Draft sin haber decidido abandonar el baloncesto profesional europeo ni haber firmado nunca con una franquicia NBA. El caso de Niang es precisamente el ejemplo que ha puesto el foco sobre esta situación.
La nueva política de la SEC llega, además, en un momento especialmente delicado. Un juez de Texas ha dictado una orden de restricción temporal que impide a la NCAA y a la SEC bloquear durante 14 días a 41 deportistas que pretenden regresar al deporte universitario. Entre los demandantes figuran jugadores de la NFL y dos jugadoras que habían firmado contratos con equipos de la WNBA. La próxima vista está prevista para el 11 de septiembre.
Eso significa que la norma que ahora mismo presenta la SEC como una prohibición cerrada está ya sometida a una batalla judicial. La orden no resuelve definitivamente la cuestión ni obliga a las universidades a aceptar a los jugadores, pero sí impide temporalmente que la conferencia y la NCAA utilicen esas restricciones para bloquear sus regresos.
El conflicto puede terminar teniendo consecuencias que van mucho más allá de los casos actuales. La NCAA se ha convertido en una vía cada vez más atractiva para jugadores europeos que buscan combinar formación, exposición y una compensación económica antes de dar el salto definitivo a la NBA. Una interpretación restrictiva de las reglas podría complicar ese camino para los jugadores que llegan al sistema universitario después de haber desarrollado parte de su carrera profesional en Europa.
La paradoja es evidente: un jugador europeo puede no haber jugado nunca en la NBA, no haber firmado un contrato con una franquicia estadounidense y, aun así, encontrarse con problemas de elegibilidad simplemente por haber quedado incluido en el Draft.
La situación está todavía lejos de estar resuelta. La batalla judicial de septiembre y los casos de LSU pueden convertirse en el primer gran test para determinar hasta dónde pueden llegar las conferencias a la hora de establecer sus propias reglas de elegibilidad y, sobre todo, si esas normas pueden terminar creando una barrera específica para el talento internacional.
