Isiah Thomas propone limitar los triples en la NBA

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Isiah Thomas quiere ponerle un techo al lanzamiento de tres puntos. El legendario base de los Detroit Pistons, dos veces campeón de la NBA, propone establecer un mínimo de entre 10 y 15 intentos y un máximo de 25 a 30 por equipo y partido, una medida con la que pretende frenar la creciente dependencia del perímetro y recuperar protagonismo para otras formas de atacar. No plantea eliminar el triple, sino impedir que su uso se convierta en el principio y el final de demasiadas posesiones.

La propuesta, difundida ya en marzo de 2025, parte de una crítica que Thomas lleva tiempo expresando sobre la evolución del baloncesto profesional. A su juicio, el espectador quiere ver canastas, pero el juego actual ofrece cada vez más lanzamientos fallados desde larga distancia. El argumento no es que el triple carezca de valor, sino que su peso en la estrategia ofensiva ha alcanzado un punto en el que merece la pena discutir si el reglamento debe intervenir.

La transformación se aprecia en los números. Durante la temporada 1989-90, cuando Thomas conquistó su segundo anillo con Detroit, los equipos de la NBA intentaban alrededor de seis triples por encuentro. En la campaña 2024-25, el promedio superó los 37 por partido. Lo que comenzó como un recurso más del repertorio ofensivo se ha convertido en una de las principales herramientas para construir ventajas y decidir partidos.

La explicación es matemática. Un triple convertido suma tres puntos, frente a los dos de un lanzamiento de media distancia, y puede ofrecer una rentabilidad superior incluso con un porcentaje de acierto más bajo. Los equipos han adaptado sus sistemas a esa realidad: buscan abrir la pista, generar tiros liberados y castigar cualquier ayuda defensiva. La analítica ha cambiado la selección de lanzamientos y, con ella, la forma de jugar.

Thomas cuestiona, sin embargo, que la eficiencia deba convertirse en el único criterio. Su propuesta obligaría a los entrenadores a administrar los lanzamientos exteriores y a elegir cuándo utilizarlos, en lugar de permitir que el volumen de triples crezca sin un límite específico. El exjugador deja margen para que cada técnico decida el momento de recurrir al tiro, pero introduce una restricción que alteraría de raíz la planificación de los ataques.

El problema es que una medida así tendría consecuencias difíciles de calcular. Si un equipo alcanzara el máximo permitido, tendría que renunciar a los triples restantes, aunque sus jugadores estuvieran encontrando buenas posiciones de lanzamiento. Si el límite fuera demasiado bajo, podría penalizar a equipos construidos alrededor de grandes tiradores y reducir el valor de habilidades que forman parte de la evolución natural del deporte. Y fijar un mínimo también abriría una cuestión peculiar: obligar a lanzar desde fuera incluso a un equipo que estuviera encontrando ventajas más claras cerca del aro.

La discusión tampoco se resuelve contraponiendo el baloncesto de los años ochenta al actual. El triple puede ser el desenlace de una acción colectiva compleja, fruto de bloqueos, pases y movimientos sin balón. La variedad no depende únicamente de la distancia desde la que se lanza, sino de cómo se construyen las oportunidades y de la capacidad de los jugadores para interpretar cada defensa.

Pero la pregunta de Thomas merece atención precisamente porque apunta a un dilema que trasciende la NBA: ¿debe un deporte aceptar sin más las consecuencias de la optimización estadística o puede modificar sus reglas para proteger la diversidad de estilos? La liga ya ha cambiado su reglamento en otras etapas para responder a transformaciones tácticas, aunque limitar el número de triples sería una intervención mucho más directa sobre la estrategia de los equipos.

La propuesta no es una regla aprobada ni un cambio anunciado por la NBA. Es una idea que invita a debatir qué se gana y qué se pierde cuando una opción estadísticamente rentable domina el juego. Isiah Thomas no pide que desaparezca el triple, quiere que vuelva a ser una elección, no una respuesta casi automática. Y ahí está el verdadero melón que ha abierto la leyenda de Detroit.