Hay una imagen bastante reveladora de lo que está ocurriendo con el baloncesto y su televisión en España. Este fin de semana coinciden el estreno de la temporada de clubes con las dos Supercopas, la de Euroliga y la de Endesa, pero el aficionado que quiera seguir ambas competiciones no encontrará los dos torneos en el mismo lugar. La primera Supercopa de Euroliga de la historia se disputa este fin de semana y se emite en exclusiva por Movistar Plus+, mientras que la Supercopa Endesa se encuentra dentro del paquete de derechos adquirido por DAZN para las competiciones de la acb.La circunstancia puede parecer anecdótica, pero deja de serlo cuando se observa el mapa completo. La Euroliga tiene su espacio en Movistar Plus+, la Liga Endesa se encuentra vinculada a DAZN, la Liga Femenina Endesa forma parte de la oferta de Movistar Plus+ y las grandes competiciones de selecciones organizadas por FIBA en España también han quedado dentro de los derechos de Movistar hasta 2029. A eso hay que añadir una NBA que tampoco se encuentra concentrada en una única plataforma, ya que DAZN y Prime Video distribuyen diferentes paquetes de partidos en España.
El resultado es una fragmentación del producto que recuerda cada vez más al modelo que durante los últimos años se ha impuesto en el fútbol. No se trata de discutir que las competiciones tengan derecho a vender sus derechos audiovisuales al mejor postor ni de cuestionar que las plataformas necesiten recuperar las inversiones realizadas. Los derechos de televisión constituyen una fuente fundamental de ingresos para clubes, ligas y federaciones y forman parte de la economía profesional del deporte. El problema aparece cuando el aficionado que quiere seguir varias competiciones deja de necesitar una suscripción y empieza a necesitar varias.
La diferencia es importante porque el consumidor no compra derechos audiovisuales. Compra acceso. Y cuando ese acceso está repartido entre diferentes operadores, cada nuevo contrato puede significar una nueva cuota mensual para la persona que pretende seguir el conjunto del baloncesto. El aficionado que quiera ver la Liga Endesa tendrá unas necesidades diferentes del que quiera seguir la Euroliga, y quien además quiera incorporar la NBA o las competiciones de selecciones deberá añadir nuevas ventanas al mismo mapa.
Incluso cuando una plataforma consigue reunir una parte importante de ese contenido, la situación no siempre es tan sencilla como puede parecer. Movistar Plus+ se presenta como una gran casa del baloncesto y dispone de una oferta muy amplia que incluye Euroliga, baloncesto de selecciones, LF Endesa y otras competiciones, pero determinados productos llegan a través de acuerdos con terceros. La Liga Endesa y la Supercopa Endesa, por ejemplo, forman parte del universo DAZN, aunque puedan ser accesibles para determinados clientes desde la propia plataforma de Movistar Plus+.
Esto convierte la televisión del baloncesto en un sistema cada vez más complejo para el espectador. La plataforma desde la que se accede al contenido y la empresa que posee los derechos no tienen necesariamente que ser la misma, y el usuario termina teniendo que conocer esa arquitectura para saber qué puede ver y dónde puede verlo. Es una situación que el fútbol ha normalizado durante años y que ahora empieza a trasladarse con una intensidad creciente al baloncesto.
La cuestión adquiere todavía más importancia cuando se observa desde la perspectiva del crecimiento del deporte. El baloncesto necesita nuevos aficionados, necesita que los niños puedan descubrir a sus jugadores y equipos, necesita que las competiciones femeninas alcancen nuevas audiencias y necesita que disciplinas como el 3×3 encuentren espectadores más allá de los seguidores que ya están familiarizados con ellas. En todos esos procesos, la facilidad para encontrar y consumir el producto audiovisual desempeña un papel importante.
Sin embargo, el camino empieza a ser cada vez más complicado. Una persona que quiera acercarse al baloncesto profesional puede encontrarse con la Euroliga en Movistar Plus+, la Liga Endesa en DAZN, la LF Endesa en Movistar Plus+, las grandes competiciones FIBA de selecciones nuevamente en Movistar y la NBA repartida entre DAZN y Prime Video. La situación se extiende incluso a determinadas competiciones que durante mucho tiempo habían utilizado YouTube como una herramienta de enorme capacidad para llegar a públicos nuevos.
FIBA ha empezado a utilizar también fórmulas de membresía en sus canales oficiales. En determinadas competiciones juveniles, por ejemplo, algunos partidos en directo han quedado reservados para los miembros de los canales oficiales de FIBA en YouTube, mientras que las grabaciones pueden pasar posteriormente a estar disponibles para el público general. En el universo del 3×3 se han aplicado igualmente fórmulas de acceso mediante membresía en determinadas competiciones.
La utilización de estas fórmulas puede tener una explicación económica y permitir que las federaciones moneticen contenidos que anteriormente ofrecían gratuitamente, pero introduce una nueva variable en un deporte que históricamente ha utilizado internet como una de sus principales herramientas de expansión. YouTube permitía que un aficionado pudiera encontrar un partido prácticamente por casualidad, entrar en una competición que desconocía y terminar convirtiéndose en seguidor. Cuando ese primer contacto queda detrás de una suscripción, ese proceso deja de ser tan sencillo.
Y aquí aparece la contradicción que debería preocupar al baloncesto. Las instituciones y las competiciones hablan permanentemente de crecimiento, internacionalización, captación de aficionados y expansión de audiencias, pero al mismo tiempo el acceso al producto se está dividiendo entre un número cada vez mayor de operadores y modelos de pago. El problema no es que exista contenido de pago. El problema es que el conjunto del baloncesto empieza a resultar difícil de seguir para quien quiere consumir más de una competición.
El fútbol ya ha recorrido buena parte de ese camino. La división de derechos entre diferentes operadores ha creado durante años un escenario en el que seguir todas las competiciones relevantes puede exigir contratar diferentes paquetes. El modelo resulta económicamente atractivo para los propietarios de los derechos porque permite maximizar el valor de cada producto, pero también genera una experiencia más compleja para el espectador.
El baloncesto está empezando a encontrarse con esa misma situación. La diferencia es que su posición de partida es distinta. No tiene la penetración social del fútbol ni puede dar por supuesto que un aficionado vaya a hacer el esfuerzo económico necesario para seguir todas sus competiciones. El baloncesto necesita precisamente ampliar su base de seguidores y convertir en espectadores habituales a personas que todavía no lo son.
Por eso resulta especialmente relevante lo que ocurre con la NBA. El producto más potente del baloncesto mundial tampoco está concentrado en una única plataforma en España. DAZN y Prime Video comparten diferentes paquetes de derechos, de manera que el aficionado que quiera seguir la competición de forma amplia tiene que familiarizarse también con una distribución fragmentada.
Todo esto conduce a una pregunta que no tiene que ver exclusivamente con los derechos audiovisuales, sino con la estrategia de crecimiento del deporte. Las ligas y federaciones pueden aumentar el valor económico de sus competiciones mediante acuerdos con diferentes operadores, pero ese aumento de ingresos no garantiza por sí mismo un aumento de aficionados. Son dos objetivos relacionados, pero no necesariamente equivalentes.
El riesgo aparece cuando la televisión deja de funcionar como una puerta de entrada al baloncesto y comienza a comportarse como una barrera para quien todavía no está dentro. El aficionado que ya consume Euroliga, Liga Endesa, NBA, selección, baloncesto femenino y 3×3 probablemente conozca las plataformas que necesita. El problema es el espectador que todavía está intentando descubrir el deporte y que se encuentra antes con un mapa de derechos que con un partido.
Es también en este punto donde aparece el debate sobre las emisiones no autorizadas y las VPN. Los derechos audiovisuales son legítimos y las retransmisiones piratas no dejan de serlo porque el acceso legal resulte complicado. Pero limitar el debate a señalar al espectador que busca una alternativa puede dejar fuera una cuestión previa que merece ser analizada: qué grado de dificultad estamos poniendo delante de una persona que simplemente quiere ver baloncesto.
No se trata de justificar la piratería ni de defender que las competiciones tengan que regalar sus derechos. Se trata de reconocer que la facilidad de acceso forma parte también del desarrollo de un deporte. Cuantas más plataformas, paquetes, suscripciones y restricciones aparecen alrededor de una competición, más esfuerzo tiene que realizar el espectador para consumirla.
Este mismo fin de semana ofrece una pequeña demostración de ese proceso. El baloncesto vuelve con la Supercopa Endesa y la nueva Supercopa de Euroliga, dos acontecimientos que podrían funcionar como una gran presentación de la temporada, pero que llegan al espectador a través de espacios audiovisuales diferentes. Durante los próximos meses se añadirá el resto del calendario, con la Liga Endesa, la Euroliga, la NBA, la LF Endesa, las selecciones, las competiciones FIBA y el 3×3 repartidos entre diferentes modelos de explotación.
El baloncesto puede aumentar el valor de sus derechos y conseguir mejores contratos televisivos. También puede utilizar las nuevas plataformas digitales para generar ingresos que antes no existían. Todo eso forma parte de la evolución natural de un deporte profesional. Pero al mismo tiempo debería preguntarse si el crecimiento económico del producto audiovisual está acompañado por un crecimiento equivalente de la facilidad con la que un nuevo aficionado puede acceder a él.
Porque ahí está probablemente el verdadero debate. No se trata de decidir si el baloncesto debe ser gratuito o de pago, ni de cuestionar que las empresas paguen por sus derechos. Se trata de determinar hasta qué punto la fragmentación del producto ayuda o dificulta que el deporte llegue a más gente.
El baloncesto lleva años buscando nuevas audiencias, nuevos mercados y nuevas generaciones de aficionados. Si para encontrar cada competición hay que saber primero quién tiene sus derechos, qué paquete la incluye y qué suscripción permite verla, quizá el deporte esté construyendo un modelo audiovisual muy eficiente para vender derechos, pero bastante menos sencillo para vender baloncesto.
Y esa diferencia debería estar presente en cualquier conversación sobre el futuro de la televisión deportiva. Porque los derechos tienen un precio, las plataformas tienen un negocio y las competiciones necesitan ingresos, pero el baloncesto también necesita espectadores. Y para conseguirlos, primero tiene que conseguir que encontrar un partido vuelva a ser sencillo.
