El exjugador de la NBA dedica el estreno de su nuevo programa a denunciar la pérdida de periodistas que seguían a los equipos a diario, el poder de las exclusivas y una televisión deportiva cada vez más inclinada hacia la polémica, aunque el debate también apunta a las empresas que han convertido la atención del público en su principal mercancía.
Hubo un tiempo en que el periodista que cubría a un equipo de baloncesto sabía quién llegaba antes a entrenar, qué jugador llevaba semanas arrastrando una molestia, qué entrenador había perdido la confianza del vestuario y qué directivo comenzaba a inquietarse por los resultados. No todo aquello terminaba en una noticia, ni cada conversación junto a una pista ofrecía una exclusiva, pero la acumulación de horas, viajes, preguntas y silencios permitía construir algo que difícilmente cabe en un mensaje publicado a toda velocidad. El periodista conocía al equipo porque estaba allí, temporada tras temporada, y esa proximidad le proporcionaba una perspectiva que iba mucho más allá del marcador.
Blake Griffin cree que una parte importante de ese mundo se está perdiendo y ha decidido dedicar el estreno de su nueva aventura televisiva a explicar por qué. El antiguo ala-pívot de los Clippers y seis veces All-Star de la NBA, retirado desde 2024, ha elegido una pregunta incómoda para inaugurar The Stepback with Blake Griffin, un programa estrenado el 20 de octubre en Prime Video y YouTube que aspira a combinar humor, actualidad y análisis de fondo. El primer episodio, centrado en el estado del periodismo deportivo, no se limita a lamentar la desaparición de los periódicos, sino que intenta explicar qué ha ocupado el espacio que dejaron las redacciones menguantes y los periodistas que durante años siguieron a los equipos desde dentro.
La respuesta de Griffin apunta a dos figuras que hoy dominan buena parte de la conversación deportiva estadounidense. Por un lado están los insiders, periodistas especializados en adelantar fichajes, traspasos, lesiones y movimientos de las franquicias. Por otro, los comentaristas televisivos que han convertido la discusión permanente en una forma de entretenimiento, con posiciones cada vez más contundentes y enfrentamientos diseñados para mantener al espectador pendiente de la siguiente réplica. El problema, a juicio del exjugador, no es que estas figuras existan, sino que su creciente protagonismo coincida con el retroceso de un periodismo que exige tiempo, presencia y capacidad para investigar más allá de la última noticia.
Griffin recuerda que la caída de las suscripciones y las dificultades económicas de la prensa escrita provocaron recortes de plantilla que afectaron especialmente a los periodistas que cubrían a los equipos de manera cotidiana. Allí donde antes había profesionales dedicados a asistir a entrenamientos, viajar con las franquicias, hablar con jugadores y entrenadores y reconstruir lo que sucedía a lo largo de una temporada, quedaron menos ojos y menos horas para contar la historia completa. Internet aceleró el proceso, pero también cambió la forma de competir por la atención del público, que comenzó a recibir las noticias a través de plataformas en las que la velocidad y la capacidad de generar conversación adquirieron un valor creciente.
En ese vacío prosperaron los insiders, cuya importancia en la NBA resulta difícil de discutir. Una información adelantada por Shams Charania puede recorrer el mundo en cuestión de segundos y convertirse en la noticia del día mucho antes de que un equipo publique un comunicado. El propio Griffin reconoce que estos profesionales llaman a sus fuentes, reúnen información y la hacen pública, pero cuestiona que el éxito de su trabajo se mida casi exclusivamente por la exclusiva y no por la cobertura sostenida de una franquicia. En el programa establece una distinción deliberadamente provocadora entre el periodista que sigue a un equipo y el que se especializa en anunciar movimientos, y resume la diferencia con una frase que juega con el apellido de Charania y la palabra inglesa scoop, utilizada para designar una exclusiva.
La crítica tiene fundamento, aunque conviene no convertirla en una sentencia contra quienes trabajan en ese terreno. Los insiders también investigan, contrastan información y construyen redes de fuentes que requieren años de trabajo. Su actividad ha permitido conocer decisiones relevantes antes de que fueran oficiales y, en una competición tan pendiente de los movimientos del mercado como la NBA, cumple una función informativa evidente. El riesgo aparece cuando la exclusiva deja de ser una parte de la información para convertirse en su medida casi única, porque un anuncio puede explicar qué ha ocurrido sin aclarar por qué ha ocurrido, quién se beneficia de la decisión o qué consecuencias tendrá para un equipo y para sus jugadores.
Hay otra cuestión que merece atención. En un mercado en el que agentes, franquicias y jugadores conocen el valor de una filtración, la información también puede utilizarse como instrumento de negociación. Un rumor sobre el interés de una organización, una renovación que parece estancada o la posibilidad de un traspaso pueden alterar expectativas y ejercer presión sobre quienes participan en una operación. Eso no significa que cada exclusiva responda a una maniobra interesada, ni que los periodistas sean simples portavoces de sus fuentes, pero obliga a preguntarse quién proporciona la información, qué pretende conseguir y hasta qué punto ha sido contrastada. Cuando una noticia resulta errónea, además, la rectificación no siempre alcanza la misma audiencia que la exclusiva original, y la siguiente información puede desplazar rápidamente a la anterior sin que el público llegue a saber qué falló.
El segundo frente de Griffin se encuentra en la televisión deportiva y en los programas que convierten cualquier acontecimiento en una disputa entre opiniones enfrentadas. El exjugador se detiene en figuras como Stephen A. Smith y en una cultura televisiva que premia la declaración más estridente, la respuesta más agresiva y la capacidad de prolongar una polémica incluso cuando el asunto no ofrece razones suficientes para sostener dos posiciones opuestas. La discusión forma parte del deporte y el análisis no tiene por qué ser neutral, pero Griffin advierte de que la obligación de mantener el enfrentamiento puede llevar a algunos comentaristas a defender argumentos que no sostendrían fuera del plató o a tratar como un debate equilibrado cuestiones en las que los hechos no permiten semejante equidistancia.
Su reproche se apoya en episodios concretos y en la transformación de la conversación sobre los jugadores en un espectáculo que a veces termina devorando aquello de lo que pretendía hablar. En el caso de Tyrese Haliburton, durante la trayectoria de Indiana hacia las Finales de la NBA de 2025, Griffin recupera la controversia entre el base y algunos comentaristas nacionales para cuestionar cuánto saben determinadas voces televisivas sobre los deportistas a los que juzgan y cuánto de lo que dicen responde a la necesidad de generar una reacción. No reclama que los jugadores queden a salvo de la crítica, algo que sería incompatible con cualquier periodismo serio, sino que la crítica se apoye en conocimiento, contexto y argumentos, en lugar de convertir cada desacuerdo en una representación destinada a alimentar las redes sociales.
El debate tiene una segunda lectura que no conviene pasar por alto. Los programas de opinión no son necesariamente periodismo de investigación, y exigir a cada tertulia el trabajo de una redacción sería ignorar que ambos formatos responden a funciones diferentes. Un espacio de entretenimiento puede aportar humor, análisis y discusión sin pretender haber realizado una investigación propia. El problema comienza cuando las fronteras se difuminan, cuando la opinión ocupa el lugar de la información y cuando el espectador recibe con apariencia de noticia una afirmación que apenas ha sido contrastada. También sería demasiado sencillo atribuir el deterioro a los presentadores que han prosperado en ese modelo. Como apuntan algunas de las primeras reacciones al estreno de Griffin, las cadenas y los grupos editoriales tienen una responsabilidad decisiva, porque son quienes eligen qué contenidos financian, qué formatos colocan en antena y qué clase de audiencia pretenden retener.
El negocio, en efecto, no es un detalle secundario. La información requiere periodistas, desplazamientos, tiempo para contrastar versiones y recursos para investigar asuntos que pueden tardar semanas o meses en ofrecer resultados. Una discusión televisiva puede producirse con menos medios y multiplicar su alcance si consigue enfrentar a dos figuras reconocibles. Cuando las empresas comparan ambos modelos en función de su rendimiento inmediato, el periodismo que exige más recursos y ofrece menos recompensas instantáneas parte en desventaja. La responsabilidad no recae únicamente en quienes hablan ante una cámara, sino también en quienes han decidido que la atención del público vale más cuando se obtiene mediante la confrontación que cuando se gana explicando una realidad compleja.
Griffin conoce, además, el asunto desde ambos lados. Durante catorce temporadas en la NBA fue jugador, protagonista de noticias, objeto de críticas y destinatario de comentarios que podían recorrer las televisiones y las redes sin que él tuviera demasiado control sobre su interpretación. Ahora ha decidido sentarse al otro lado del micrófono con un programa inspirado, en parte, en el formato de John Oliver, capaz de combinar sátira y documentación para abordar asuntos que exceden la actualidad inmediata. La propuesta tiene sentido precisamente porque el baloncesto no se reduce a lo que ocurre durante los cuarenta y ocho minutos de un partido. También es una industria, una estructura de poder, un espacio de trabajo y un escenario en el que las decisiones de propietarios, dirigentes, agentes y jugadores afectan a miles de personas y a comunidades enteras.
Para defender la necesidad de un periodismo capaz de vigilar ese poder, Griffin recurre a un episodio que conoce de primera mano. En 2014, cuando era jugador de Los Angeles Clippers, las revelaciones sobre los comentarios racistas de Donald Sterling, entonces propietario de la franquicia, desencadenaron una crisis que terminó con la sanción de por vida impuesta por la NBA y la posterior venta del equipo. El caso no fue obra de una sola noticia ni puede atribuirse exclusivamente a un periodista, pero demuestra la importancia de las investigaciones y de la difusión de información que una organización poderosa preferiría mantener fuera de la vista pública. Sin ese trabajo, el debate sobre el propietario de los Clippers habría podido quedarse en rumores, comentarios de vestuario o discusiones televisivas sin consecuencias comparables.
El ejemplo permite entender la diferencia entre una información que alimenta la conversación durante unas horas y un trabajo periodístico que modifica la percepción pública de una institución. La primera puede ser relevante, incluso imprescindible, pero la segunda exige reunir pruebas, contrastar testimonios, asumir riesgos y mantener la investigación cuando las fuentes se resisten a hablar. No siempre conduce a un desenlace tan visible como el de Sterling, ni tiene por qué hacerlo para justificar su existencia. A veces su utilidad consiste en revelar un abuso, en desmontar una versión interesada o, sencillamente, en ofrecer a los aficionados los elementos necesarios para comprender qué sucede en el club al que siguen.
La defensa que Griffin hace de ese periodismo resulta especialmente oportuna en un momento en el que la abundancia de información convive con una dificultad creciente para distinguir entre noticia, interpretación, rumor y propaganda. La tecnología ha permitido que más personas publiquen, que las audiencias accedan a fuentes diversas y que medios pequeños encuentren espacios que antes parecían reservados a las grandes cabeceras. También ha reducido los tiempos de consumo y ha convertido la reacción inmediata en una medida de éxito. Nada de eso obliga a idealizar el pasado, cuando los periódicos también cometían errores, protegían intereses y ofrecían coberturas incompletas, pero sí invita a reconocer que la rapidez no sustituye al conocimiento acumulado y que disponer de más mensajes no equivale necesariamente a estar mejor informado.
La paradoja es que el baloncesto necesita tanto la información inmediata como el periodismo que se detiene a explicar. Los aficionados quieren conocer el fichaje antes que nadie, saber quién se pierde el próximo partido y seguir cada movimiento del mercado, pero también necesitan entender cómo se construye una plantilla, qué hay detrás de una decisión técnica, qué condiciones laborales rodean a los jugadores o qué intereses económicos condicionan una competición. El rumor puede abrir la puerta a una historia, pero no debería ser siempre el final del recorrido. Del mismo modo, la opinión puede enriquecer el análisis, siempre que no se presente como una investigación que nunca se ha realizado.
La iniciativa de Griffin tampoco queda al margen de las contradicciones del negocio que critica. Su programa se distribuye a través de grandes plataformas comerciales y participa de una industria que necesita audiencia, promoción y financiación. Esa circunstancia no invalida su mensaje, pero hace más importante que el espacio demuestre con el tiempo la independencia y el rigor que reclama para los demás. El estreno ofrece una declaración de intenciones; la prueba llegará cuando tenga que elegir qué asuntos investigar, qué voces escuchar y hasta dónde está dispuesto a llegar cuando la crítica deje de ser una buena pieza televisiva y empiece a incomodar a quienes sostienen el espectáculo.
Quizá esa sea la cuestión más interesante que deja el debut de The Stepback. No se trata de expulsar a los insiders, silenciar a los comentaristas ni regresar por nostalgia a una redacción que ya no existe en las mismas condiciones, sino de evitar que la noticia urgente y la opinión ruidosa terminen ocupando todo el espacio disponible. Un deporte seguido por millones de personas necesita periodistas que sepan contar lo que ocurre en la pista, pero también profesionales capaces de mirar detrás del marcador, preguntar a quienes mandan y permanecer allí cuando la atención del público se ha desplazado a otra parte. Porque el periodismo deportivo no solo sirve para saber quién gana, quién pierde o quién cambia de equipo, sino para comprender qué mundo se está construyendo alrededor del juego y quién tiene poder para decidir sus reglas.
